domingo, 1 de marzo de 2026

Cuando la universidad se obsesiona con el indicador: ¿estamos midiendo la ciencia o reemplazándola?

 La universidad contemporánea vive una tensión silenciosa pero estructural. Por un lado, se le exige producir conocimiento pertinente, formar pensamiento crítico y contribuir a la transformación social. Por otro, se le evalúa crecientemente a partir de métricas cuantificables: número de publicaciones, factor de impacto, índice h, cuartiles, rankings internacionales, visibilidad digital. En medio de esta doble exigencia, la investigación universitaria corre el riesgo de redefinir su sentido no desde la pregunta científica sino desde el sistema de medición que la valida. Esta tensión constituye el eje central del artículo “Cultura investigativa más allá del indicador: reflexiones sobre las formas y los propósitos de la investigación universitaria”, una reflexión que interpela directamente las prácticas académicas actuales y cuestiona la naturalización de la lógica métrica en la educación superior.

El texto parte de una constatación evidente: los indicadores no son, en sí mismos, problemáticos. Las métricas pueden cumplir funciones útiles de seguimiento, comparación y visibilización. Permiten organizar información, identificar tendencias y orientar políticas públicas. El problema emerge cuando estos instrumentos dejan de ser medios y se convierten en fines estratégicos. Cuando la universidad comienza a organizar su vida académica alrededor de lo que es medible, el horizonte de la investigación se desplaza desde la construcción de conocimiento significativo hacia la optimización del rendimiento cuantificable.

En ese desplazamiento se produce una mutación cultural. La cultura investigativa, entendida como entramado de prácticas, valores, hábitos intelectuales y disposiciones críticas orientadas a la producción de conocimiento, empieza a reconfigurarse bajo criterios de productividad. Publicar se convierte en prioridad permanente; la pregunta pierde centralidad frente al formato; la discusión académica cede espacio ante la necesidad de cumplir con requisitos editoriales; la escritura se ajusta a estándares formales que garantizan indexación más que debate sustantivo. En ese escenario, la calidad tiende a equipararse con la adecuación técnica y la visibilidad con la publicación en bases de datos reconocidas.

La reflexión propuesta en el artículo dialoga con la filosofía de la ciencia para recordar algo fundamental: no existe un único método científico ni una sola forma legítima de producir conocimiento. La tradición epistemológica ha mostrado que la ciencia avanza mediante paradigmas, rupturas, programas de investigación y enfoques diversos. Thomas Kuhn evidenció que el desarrollo científico no es lineal ni uniforme; Imre Lakatos mostró la coexistencia de distintos programas con reglas propias; Nancy Cartwright cuestionó la pretensión de universalidad de ciertas leyes científicas. Desde esta perspectiva plural, reducir la validez del conocimiento a formatos estandarizados constituye una simplificación problemática.

Cuando las instituciones universitarias privilegian exclusivamente resultados derivados de proyectos formalmente estructurados y medibles, invisibilizan otras formas de investigación que emergen de trayectorias pedagógicas, experiencias profesionales, procesos sociales o reflexiones conceptuales profundas. Se instala así una jerarquía metodológica que tiende a reconocer como científicamente válido aquello que puede ser protocolizado y reportado bajo criterios cuantificables, relegando investigaciones situadas o ensayísticas que también producen comprensión relevante.


Este fenómeno no puede analizarse al margen de las transformaciones globales de la educación superior. Las reformas orientadas a la homologación internacional, la competencia entre universidades y la comparación transnacional han consolidado sistemas de evaluación basados en indicadores. Rankings, tasas de citación, factores de impacto y métricas bibliométricas se han convertido en herramientas centrales de política universitaria. En muchos contextos, el posicionamiento en estas clasificaciones se asume como prueba de calidad institucional. Sin embargo, mejorar en un ranking no equivale necesariamente a fortalecer la densidad epistemológica ni la pertinencia social del conocimiento producido.

La confusión entre visibilidad y relevancia constituye uno de los núcleos problemáticos señalados en el artículo. Un trabajo puede ser altamente citado y, sin embargo, no aportar innovación sustantiva. La citación no distingue entre reconocimiento y refutación; puede responder a debates críticos más que a adhesiones conceptuales. De igual manera, publicar en revistas categorizadas no garantiza impacto social ni transformación real. La lógica editorial contemporánea, influida por bases de datos comerciales y criterios de indexación, ha convertido el artículo científico en un producto sometido a estándares formales que no siempre reflejan la profundidad argumentativa o la originalidad teórica.

Esta dinámica genera efectos organizacionales concretos. Las universidades ajustan sus políticas internas para maximizar resultados medibles. Se diseñan incentivos basados en número de publicaciones; se establecen metas cuantitativas; se evalúa el desempeño docente a partir de producción indexada; se prioriza la participación en eventos que otorgan visibilidad formal. En ese proceso, la discusión académica puede quedar relegada. Los eventos científicos tienden a orientarse hacia la presentación de resultados más que hacia el debate crítico. El espacio para la pregunta abierta se reduce frente a la presión por mostrar productos terminados.

El artículo advierte que esta orientación productivista puede debilitar la consolidación de comunidades académicas cohesionadas. Cuando el sistema premia la acumulación individual de méritos cuantificables, se incentiva la competencia más que la colaboración. La investigación deja de concebirse como construcción colectiva del saber y se transforma en estrategia de posicionamiento. El investigador se convierte en gestor de su propio rendimiento bibliométrico, y la universidad corre el riesgo de adoptar una lógica gerencial que privilegia resultados visibles sobre procesos formativos.

Sin embargo, la crítica no propone eliminar los indicadores ni desconocer su utilidad. Lo que se plantea es un reordenamiento conceptual: los indicadores deben ser consecuencia de procesos rigurosos y no su finalidad estratégica. Para que exista producción científica genuina, es imprescindible construir condiciones estructurales previas. La infraestructura, los laboratorios, las bibliotecas actualizadas, los espacios de discusión, la financiación estable y la formación metodológica sólida constituyen el ecosistema que hace posible la investigación de calidad. Sin estas condiciones, exigir resultados cuantificables puede generar simulación, frustración y prácticas éticamente problemáticas.

La dimensión formativa ocupa un lugar central en esta reflexión. La cultura investigativa no surge espontáneamente; requiere acompañamiento, mentoría, tiempo para la lectura crítica, entrenamiento en escritura académica y espacios de deliberación. Cuando los currículos reducen asignaturas vinculadas al pensamiento crítico y la metodología, mientras aumentan exigencias de productividad, se produce una contradicción estructural. No es viable exigir publicaciones de alto nivel sin invertir sostenidamente en capital humano investigativo.

La integración entre docencia e investigación también resulta fundamental. La universidad no puede fragmentar sus funciones sustantivas. Enseñar sin investigar conduce a la repetición acrítica de contenidos; investigar sin docencia puede aislar el conocimiento de su función social. Una cultura investigativa robusta implica que estudiantes, docentes y egresados participen en procesos de construcción de saber. Cuando la investigación se convierte en actividad reservada a élites productivas, se debilita su dimensión formativa y transformadora.

Otro aspecto relevante abordado en el artículo es la mercantilización de la publicación científica. Las tarifas de procesamiento de artículos, la dependencia de bases de datos con ánimo de lucro y la presión por publicar en revistas de alto impacto generan desigualdades entre instituciones. Universidades con mayores recursos pueden sostener el ritmo de publicación exigido por rankings internacionales, mientras otras enfrentan limitaciones presupuestales que afectan su capacidad de competir. Esta dinámica refuerza asimetrías globales y puede marginar conocimientos producidos desde contextos periféricos o con enfoques locales.

En este escenario, la obsesión por publicar puede derivar en distorsiones profundas. Se multiplican artículos que cumplen requisitos formales sin aportar innovación significativa. La investigación se evalúa por su posibilidad de ser publicada y no por su capacidad de explicar fenómenos complejos o proponer alternativas interpretativas. La ciencia corre el riesgo de convertirse en rutina técnica orientada al cumplimiento, perdiendo su carácter crítico y reflexivo.

La conclusión del artículo no es pesimista, sino propositiva. Se plantea la necesidad de redefinir políticas universitarias para fortalecer una cultura investigativa plural, situada y reflexiva. Esto implica revisar sistemas de evaluación, ampliar el reconocimiento de formatos diversos, promover espacios de debate sustantivo y reequilibrar la relación entre métricas y sentido. La ciencia requiere condiciones materiales, inversión sostenida, participación amplia y diálogo crítico. Solo en ese marco los indicadores pueden cumplir su función como herramientas y no como fines.

Repensar la cultura investigativa supone recuperar el valor del tiempo, la duda, el error y la conversación. La producción académica no puede reducirse a la acumulación de productos medibles. Investigar implica formular preguntas relevantes, tensionar supuestos, dialogar con tradiciones teóricas y vincular actores sociales en la construcción de conocimiento. La universidad necesita comunidades académicas activas que trabajen por convicción y no únicamente por cumplimiento.

El debate que abre este artículo trasciende la crítica coyuntural. Interpela directamente el modelo de universidad que se está consolidando. ¿Queremos instituciones que optimicen reportes y mejoren en rankings, o universidades que produzcan conocimiento con densidad epistemológica y capacidad transformadora? ¿Estamos formando investigadores capaces de cuestionar paradigmas o gestores de su propio índice h? ¿La visibilidad es un efecto natural de la pertinencia social o se ha convertido en un objetivo autónomo?

Estas preguntas no buscan negar la importancia de la evaluación ni desconocer la necesidad de rendición de cuentas. Buscan restituir el equilibrio. La medición es necesaria, pero no suficiente. La calidad no se agota en la forma técnica ni en la indexación. El impacto no puede reducirse a citaciones. Una cultura investigativa sólida emerge cuando la universidad invierte en condiciones estructurales, fomenta pluralidad metodológica y prioriza el debate crítico.

En última instancia, el artículo invita a recuperar el sentido profundo de la investigación universitaria. La ciencia no avanza mediante el silencio ni la repetición de formatos estandarizados, sino a través de tensiones conceptuales, controversias argumentadas y preguntas incómodas. Cuando la universidad logra articular docencia, investigación y extensión en un ecosistema coherente, los indicadores mejoran como efecto natural de procesos genuinos. Cuando, por el contrario, se prioriza la métrica sobre el pensamiento, la productividad puede aumentar mientras la relevancia disminuye.

La reflexión propuesta no pretende clausurar el debate sino ampliarlo. Si algo caracteriza a la cultura científica es precisamente la disposición a someter sus propias prácticas a examen crítico. Interrogar el lugar de los indicadores no significa rechazar la evaluación; significa preguntarse por su función y por sus límites. En un momento histórico donde la visibilidad digital y la competencia global reconfiguran la educación superior, repensar la cultura investigativa constituye una tarea urgente.

La pregunta final queda abierta y demanda discusión colectiva: ¿estamos midiendo la ciencia para fortalecerla, o estamos reemplazando la ciencia por aquello que resulta más fácil de medir?

🔗 Acceso al artículo completo en ResearchGate:
https://www.researchgate.net/publication/393725724_Cultura_investigativa_mas_alla_del_indicador_reflexiones_sobre_las_formas_y_los_propositos_de_la_investigacion_universitaria/references 

jueves, 19 de febrero de 2026

Transformación digital en la periferia: lo que las mipymes de la Comuna 13 nos están diciendo

Cuando se habla de transformación digital, el discurso suele centrarse en inteligencia artificial, big data, automatización y plataformas. Sin embargo, pocas veces se pregunta qué ocurre con las microempresas que operan en territorios históricamente excluidos, donde la tecnología no llega como tendencia, sino como desafío estructural. Precisamente ahí se ubica el artículo Desafíos y oportunidades de la transformación digital en las mipymes de la Comuna 13 de Santiago de Cali, un estudio que invita a repensar la digitalización desde lo local y lo social.


La Comuna 13 de Cali, ubicada en el distrito de Aguablanca, concentra una alta densidad de microempresas que cumplen un papel clave en la economía barrial. No obstante, estas unidades productivas enfrentan condiciones de vulnerabilidad social, informalidad, limitaciones educativas y restricciones financieras que condicionan profundamente su relación con la tecnología. El estudio, basado en encuestas aplicadas a 235 unidades económicas, permite dimensionar con datos concretos una realidad que suele quedar fuera de los grandes diagnósticos sobre innovación empresarial.

Uno de los hallazgos más contundentes es que el 59 % de las mipymes no utiliza tecnologías digitales en sus procesos. Esta cifra, lejos de interpretarse como resistencia al cambio, debe leerse en clave estructural. La investigación muestra que la mayoría de las empresas reconoce el valor de la tecnología: el 75 % la percibe como accesible y potencialmente beneficiosa. El problema no es la actitud, sino las condiciones para la adopción.
Las barreras identificadas son claras. Por un lado, la fragilidad financiera limita la inversión en herramientas digitales. Por otro, la escasa formación en competencias técnicas y digitales reduce la capacidad de apropiación tecnológica: apenas un 4 % del personal cuenta con formación universitaria. A esto se suma una gestión empresarial predominantemente informal, que dificulta la planeación estratégica y la integración de la tecnología como parte del modelo de negocio.

El artículo plantea un punto clave: la transformación digital no puede reducirse a la incorporación de herramientas, sino que implica cambios culturales, organizacionales y formativos. En contextos como la Comuna 13, digitalizar no significa “modernizar” en abstracto, sino crear capacidades, fortalecer el capital humano y construir condiciones mínimas de sostenibilidad empresarial.
Desde esta perspectiva, la investigación propone estrategias que trascienden la lógica individual de la empresa. Se destaca la necesidad de programas de formación en competencias digitales, incentivos fiscales para la adopción tecnológica, alianzas público-privadas y el acompañamiento institucional desde universidades, entidades territoriales y organizaciones de desarrollo empresarial. La transformación digital aparece así como un proceso colectivo, territorial y progresivo.

Más allá de los resultados empíricos, el mayor aporte del estudio es conceptual y político: plantea la digitalización como una herramienta de inclusión social y desarrollo local. En territorios vulnerables, cerrar la brecha digital no solo mejora la productividad, sino que fortalece la resiliencia organizacional, amplía oportunidades económicas y contribuye a reducir desigualdades históricas.

Este artículo es una invitación a mirar la transformación digital desde abajo, desde las realidades concretas de quienes sostienen la economía cotidiana. También interpela a la academia, al Estado y al sector productivo a repensar sus estrategias cuando hablan de innovación, competitividad y futuro.

👉 El artículo completo puede leerse aquí:

miércoles, 14 de enero de 2026

Ética y gobernanza digital compartida: repensar la responsabilidad en la era de los sistemas inteligentes

La acelerada expansión de los sistemas digitales, la inteligencia artificial y las tecnologías algorítmicas ha transformado de manera profunda los modos en que se organiza la vida social, se toman decisiones colectivas y se produce conocimiento en las sociedades contemporáneas. En este escenario, marcado por la automatización creciente, la opacidad técnica y la delegación de funciones tradicionalmente humanas a sistemas inteligentes, emerge una pregunta ineludible: ¿quién es responsable de los efectos sociales, educativos y políticos que producen estas tecnologías?

Desde esta preocupación compartida surge el capítulo Ética y gobernanza digital compartida: un enfoque desde la responsabilidad institucional, organizacional y del usuario, elaborado por José Londoño-Cardozo (profesor e investigador de la Universidad Santiago de Cali) y Jhulianna Restrepo-Sarmiento (profesora e investigadora de la Corporación Universitaria Minuto de Dios – UNIMINUTO), ambos también investigadores del Grupo de Estudios Neoinstitucionales (GEN) de la Universidad Nacional de Colombia. Los autores desarrollan esta reflexión desde trayectorias académicas complementarias haciendo que esta convergencia institucional y académica articule miradas críticas desde la educación, los estudios organizacionales y la reflexión ética sobre la tecnología.

El capítulo hace parte del libro Sistemas Inteligentes en la Educación: Una reflexión entre Tecnologías de Información y las Educomunicaciones y parte de una premisa central: las tecnologías digitales no son herramientas neutras ni dispositivos aislados del contexto social, sino construcciones sociotécnicas atravesadas por decisiones humanas, intereses institucionales y marcos normativos específicos. En consecuencia, los impactos de la inteligencia artificial, los algoritmos y las plataformas digitales no pueden atribuirse exclusivamente a la técnica ni delegarse de manera unilateral a las organizaciones tecnológicas o a los Estados, sino que deben comprenderse desde una lógica de responsabilidad compartida.

Uno de los aportes conceptuales más relevantes del documento consiste en el análisis de las denominadas tecnologías agenciativas, entendidas como sistemas capaces de aprender, decidir y actuar con niveles crecientes de autonomía. Estas tecnologías, entre las que se encuentran la inteligencia artificial, los algoritmos predictivos, las plataformas digitales y los sistemas de recomendación, no se limitan a optimizar procesos o automatizar tareas, sino que participan activamente en la producción de sentido, en la organización del conocimiento y en la toma de decisiones que afectan tanto a individuos como a colectivos. Esta capacidad de agencia tecnológica tensiona los marcos tradicionales de responsabilidad, históricamente anclados en sujetos humanos claramente identificables.

Desde esta constatación, el capítulo propone analizar la responsabilidad digital a partir de tres niveles interrelacionados: el organizacional, el del usuario y el normativo. Esta estructura analítica permite evidenciar cómo la fragmentación de la responsabilidad ha generado vacíos en la gobernanza digital contemporánea, favoreciendo dinámicas de desresponsabilización en las que cada actor transfiere la carga ética y política a los demás, diluyendo la posibilidad de una rendición de cuentas efectiva.

En el plano organizacional, el texto introduce el concepto de Responsabilidad Digital Organizacional como una ampliación de la responsabilidad social clásica hacia los desafíos éticos, sociales y técnicos propios de la digitalización. Las organizaciones no son simples usuarias de tecnologías, sino actores que participan activamente en su diseño, implementación y orientación estratégica. Desde esta perspectiva, la tecnología se concibe como una dimensión constitutiva del quehacer organizacional y no como una variable externa o neutral. Las decisiones relacionadas con el diseño algorítmico, la gestión de datos, la automatización de procesos o la adopción de plataformas digitales tienen implicaciones profundas en términos de equidad, transparencia y autonomía, que deben ser asumidas de manera explícita por las organizaciones.

El documento dialoga con los aportes de los Estudios Críticos de la Administración y de la Gestión Humanista Radical para cuestionar las lógicas de eficiencia, rentabilidad y control que suelen orientar las decisiones tecnológicas en contextos organizacionales. Desde esta mirada crítica, se argumenta que la adopción acrítica de tecnologías inteligentes puede reproducir desigualdades estructurales, intensificar formas de vigilancia y erosionar la agencia humana si no se acompaña de marcos éticos sólidos y de procesos deliberativos que incorporen criterios de justicia social y bienestar colectivo.

El segundo nivel de análisis se centra en el usuario como actor activo del ecosistema digital. A diferencia de enfoques que conciben al usuario únicamente como un sujeto vulnerable que debe ser protegido por la normativa o por el diseño tecnológico, el capítulo destaca su capacidad de agencia. Las prácticas cotidianas de los usuarios —sus decisiones, interacciones y modos de participación— influyen de manera directa en la circulación de información, en la configuración de normas sociales y en la reproducción de estructuras simbólicas en los entornos digitales. Fenómenos como la desinformación, el acoso en línea, la manipulación informativa o la violencia simbólica no pueden explicarse exclusivamente desde fallos técnicos o vacíos regulatorios, sino que requieren considerar la dimensión ética de la acción individual y colectiva en el espacio digital.

A partir de este diagnóstico, el documento plantea la necesidad de una alfabetización digital que supere el enfoque instrumental centrado en el uso de herramientas. La formación digital debe incorporar componentes normativos, axiológicos y deliberativos que permitan a los usuarios comprender las implicaciones sociales, políticas y culturales de sus decisiones en línea. En este sentido, la educación se presenta como un eje estratégico para la construcción de una ciudadanía digital crítica, capaz de ejercer su autonomía en entornos mediados por tecnologías inteligentes y de participar activamente en la configuración del espacio público digital.

El tercer nivel de análisis aborda los marcos normativos y regulatorios desarrollados en distintos contextos internacionales. El capítulo reconoce los avances alcanzados en materia de protección de datos personales, derechos digitales y regulación de plataformas, impulsados por Estados y organismos multilaterales. Sin embargo, también señala sus limitaciones estructurales. La mayoría de estas normativas se han concentrado en regular a las organizaciones tecnológicas, dejando en un segundo plano la dimensión formativa y pedagógica del problema. La ausencia de políticas educativas robustas orientadas a fortalecer la autonomía digital de los ciudadanos debilita la eficacia normativa y reproduce una ciudadanía dependiente, vulnerable frente a sistemas opacos y altamente complejos.

El análisis comparado muestra que los esfuerzos por integrar componentes formativos en la legislación digital siguen siendo excepcionales y, cuando existen, presentan dificultades significativas en su alcance y ejecución. Esta situación refuerza una de las tesis centrales del documento: la gobernanza digital no puede reducirse a un modelo de vigilancia unilateral ni a una regulación reactiva, sino que debe articular de manera coherente regulación, educación y participación ciudadana.

A partir de la articulación de estas tres perspectivas, el capítulo identifica un patrón común: la fragmentación de la responsabilidad. Las organizaciones son tratadas como proveedoras de tecnología, los usuarios como consumidores pasivos y la normativa como un garante externo de la legalidad. Esta separación ha impedido una comprensión sistémica del ecosistema digital y ha favorecido dinámicas de externalización de la responsabilidad ética y política. Frente a este escenario, el texto propone avanzar hacia un modelo de gobernanza digital compartida basado en el principio de corresponsabilidad.

La corresponsabilidad digital se plantea como un enfoque que distribuye de manera diferenciada pero articulada las tareas de regulación, formación, protección y vigilancia entre los distintos actores del ecosistema digital. Las organizaciones deben asumir la transparencia y la rendición de cuentas de sus sistemas tecnológicos; los Estados deben promover marcos normativos integrales acompañados de políticas educativas sólidas; y los usuarios deben reconocerse como agentes activos en la gestión ética de su presencia digital. Esta propuesta se apoya en una visión sistémica de la tecnología como una red de decisiones sociales, técnicas y políticas, en la que ningún actor puede reclamar neutralidad o autonomía absoluta.

El documento incorpora además una reflexión ética de largo alcance inspirada en el principio de precaución, subrayando que el poder transformador de las tecnologías inteligentes exige una responsabilidad proporcional a sus posibles impactos. La evaluación de las decisiones tecnológicas no debe limitarse a sus beneficios inmediatos, sino considerar sus riesgos estructurales, sus efectos intergeneracionales y sus consecuencias sistémicas, especialmente en contextos educativos donde se configuran subjetividades, valores y formas de conocimiento.

Lejos de quedarse en un diagnóstico crítico, el capítulo plantea líneas de acción orientadas a operacionalizar la gobernanza digital corresponsable. Entre ellas se destacan el fortalecimiento de competencias digitales críticas, el desarrollo de protocolos participativos para la gestión de datos, la creación de espacios de observación ciudadana y el fortalecimiento de las capacidades institucionales para regular tecnologías emergentes. De este modo, la gobernanza digital compartida se presenta como un marco operativo para reorganizar las relaciones entre tecnología, sociedad y educación, más que como una abstracción normativa.

Esta reflexión busca aportar al debate contemporáneo sobre inteligencia artificial, ética y educación, invitando a docentes, investigadores, gestores, estudiantes y ciudadanos a repensar su papel en la construcción de entornos digitales más justos, transparentes y socialmente responsables. En un momento histórico en el que la tecnología redefine aceleradamente las condiciones de posibilidad de la vida social, el desafío no consiste únicamente en innovar, sino en hacerlo con criterios de responsabilidad, deliberación y cuidado colectivo.

El capítulo completo puede consultarse en acceso abierto en ResearchGate en el siguiente enlace: https://www.researchgate.net/publication/399776223_Etica_y_gobernanza_digital_compartida_un_enfoque_desde_la_responsabilidad_institucional_organizacional_y_del_usuario

lunes, 12 de enero de 2026

UN cambio necesario

Hoy saludo el nuevo nombre de mi blog. Pasó de llamarse UN Caleño a Divagaciones académicas y personales. Este espacio, activo desde 2011, ha sido siempre un lugar para despejar la cabeza. Aquí aprendí a redactar, aprendí investigando para escribir, y también hablé —y sigo hablando— mucha carreta. Ha sido, sin exagerar, un espacio de aprendizaje, de ensayo y de catarsis.
Cuando ingresé a la Universidad Nacional de Colombia en 2015, cambié el nombre del blog a Un Caleño, emulando uno que se llamaba UNALEÑO y que hablaba de la vida en la “Nacho”. En ese nombre quise mantener algo que para mí era fundamental: la identidad de ser de Cali, de ser caleño, y al mismo tiempo estudiante de la Nacional. Por eso el UN iba en mayúsculas, como sigla y como símbolo de mi alma mater.
Sin embargo, desde hace algún tiempo venía pensando en cambiar el nombre. Ya soy egresado de la Nacho y, aunque siempre seré unaleño, sentía que era momento de actualizar este espacio. La nostalgia y la conexión emocional con el blog —que además estuvo un poco abandonado durante los años más intensos de estudio— me habían impedido dar el paso.
Hoy, 12 de enero de 2026, decidí hacerlo. En parte porque estaba cansado de que una expareja viviera pendiente de mis publicaciones, especialmente cuando escribía cosas personales sobre mi trabajo actual, mi pareja y la vida que he construido después de esa historia. Este blog siempre ha sido mi lugar de descarga, y necesitaba volver a sentirlo como un espacio propio.

Espero que este cambio de nombre no me haga perder posicionamiento en los buscadores. Espero seguir escribiendo como siempre y, ojalá, que quien no deba encontrarlo ya no lo haga, sin que por ello desaparezca para el resto del mundo. Divagaciones académicas y personales sigue siendo lo que siempre ha sido: un lugar para pensar en voz alta, para ordenar ideas y para respirar un poco.

sábado, 10 de enero de 2026

Enero ¿va volando...? ¿o soy yo el que ya no lo siente tan pesado?

Enero suele ser un mes complejo para muchos profesores universitarios en Colombia que no contamos con nombramiento en universidades públicas. Nuestros contratos, generalmente de 10.5 meses, hacen que entre mediados de diciembre y finales de febrero no recibamos ingresos. Durante años, este periodo posterior a las celebraciones decembrinas estuvo marcado por la ansiedad, el estrés y una sensación constante de incertidumbre.

Sin embargo, este año ha sido distinto. No porque tenga dinero o ingresos en este momento, sino porque, al menos hasta ahora, me siento tranquilo. Enero parece ir más rápido, como si rodara sin hacer tanto ruido. Tal vez sea el orden que logré construir, tal vez la compañía que hoy tengo en el camino. No lo sé con certeza. Lo que sí sé es que ya estamos cerca de la mitad del mes, que se aproxima el final de estas vacaciones obligatorias no remuneradas y, por primera vez en mucho tiempo, no me siento ansioso.
Espero que, con la nueva legislación laboral colombiana, esta realidad cambie en un futuro cercano. Sería justo y necesario. Mientras tanto, me permito reconocer algo sencillo pero valioso: este enero lo estoy viviendo mejor que los anteriores. Quizá, otra vez, tenga que ver con quienes hoy me acompañan. O quizá, simplemente, sea culpa de una pidaña que me alegra los días.