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domingo, 1 de marzo de 2026

Cuando la universidad se obsesiona con el indicador: ¿estamos midiendo la ciencia o reemplazándola?

 La universidad contemporánea vive una tensión silenciosa pero estructural. Por un lado, se le exige producir conocimiento pertinente, formar pensamiento crítico y contribuir a la transformación social. Por otro, se le evalúa crecientemente a partir de métricas cuantificables: número de publicaciones, factor de impacto, índice h, cuartiles, rankings internacionales, visibilidad digital. En medio de esta doble exigencia, la investigación universitaria corre el riesgo de redefinir su sentido no desde la pregunta científica sino desde el sistema de medición que la valida. Esta tensión constituye el eje central del artículo “Cultura investigativa más allá del indicador: reflexiones sobre las formas y los propósitos de la investigación universitaria”, una reflexión que interpela directamente las prácticas académicas actuales y cuestiona la naturalización de la lógica métrica en la educación superior.

El texto parte de una constatación evidente: los indicadores no son, en sí mismos, problemáticos. Las métricas pueden cumplir funciones útiles de seguimiento, comparación y visibilización. Permiten organizar información, identificar tendencias y orientar políticas públicas. El problema emerge cuando estos instrumentos dejan de ser medios y se convierten en fines estratégicos. Cuando la universidad comienza a organizar su vida académica alrededor de lo que es medible, el horizonte de la investigación se desplaza desde la construcción de conocimiento significativo hacia la optimización del rendimiento cuantificable.

En ese desplazamiento se produce una mutación cultural. La cultura investigativa, entendida como entramado de prácticas, valores, hábitos intelectuales y disposiciones críticas orientadas a la producción de conocimiento, empieza a reconfigurarse bajo criterios de productividad. Publicar se convierte en prioridad permanente; la pregunta pierde centralidad frente al formato; la discusión académica cede espacio ante la necesidad de cumplir con requisitos editoriales; la escritura se ajusta a estándares formales que garantizan indexación más que debate sustantivo. En ese escenario, la calidad tiende a equipararse con la adecuación técnica y la visibilidad con la publicación en bases de datos reconocidas.

La reflexión propuesta en el artículo dialoga con la filosofía de la ciencia para recordar algo fundamental: no existe un único método científico ni una sola forma legítima de producir conocimiento. La tradición epistemológica ha mostrado que la ciencia avanza mediante paradigmas, rupturas, programas de investigación y enfoques diversos. Thomas Kuhn evidenció que el desarrollo científico no es lineal ni uniforme; Imre Lakatos mostró la coexistencia de distintos programas con reglas propias; Nancy Cartwright cuestionó la pretensión de universalidad de ciertas leyes científicas. Desde esta perspectiva plural, reducir la validez del conocimiento a formatos estandarizados constituye una simplificación problemática.

Cuando las instituciones universitarias privilegian exclusivamente resultados derivados de proyectos formalmente estructurados y medibles, invisibilizan otras formas de investigación que emergen de trayectorias pedagógicas, experiencias profesionales, procesos sociales o reflexiones conceptuales profundas. Se instala así una jerarquía metodológica que tiende a reconocer como científicamente válido aquello que puede ser protocolizado y reportado bajo criterios cuantificables, relegando investigaciones situadas o ensayísticas que también producen comprensión relevante.


Este fenómeno no puede analizarse al margen de las transformaciones globales de la educación superior. Las reformas orientadas a la homologación internacional, la competencia entre universidades y la comparación transnacional han consolidado sistemas de evaluación basados en indicadores. Rankings, tasas de citación, factores de impacto y métricas bibliométricas se han convertido en herramientas centrales de política universitaria. En muchos contextos, el posicionamiento en estas clasificaciones se asume como prueba de calidad institucional. Sin embargo, mejorar en un ranking no equivale necesariamente a fortalecer la densidad epistemológica ni la pertinencia social del conocimiento producido.

La confusión entre visibilidad y relevancia constituye uno de los núcleos problemáticos señalados en el artículo. Un trabajo puede ser altamente citado y, sin embargo, no aportar innovación sustantiva. La citación no distingue entre reconocimiento y refutación; puede responder a debates críticos más que a adhesiones conceptuales. De igual manera, publicar en revistas categorizadas no garantiza impacto social ni transformación real. La lógica editorial contemporánea, influida por bases de datos comerciales y criterios de indexación, ha convertido el artículo científico en un producto sometido a estándares formales que no siempre reflejan la profundidad argumentativa o la originalidad teórica.

Esta dinámica genera efectos organizacionales concretos. Las universidades ajustan sus políticas internas para maximizar resultados medibles. Se diseñan incentivos basados en número de publicaciones; se establecen metas cuantitativas; se evalúa el desempeño docente a partir de producción indexada; se prioriza la participación en eventos que otorgan visibilidad formal. En ese proceso, la discusión académica puede quedar relegada. Los eventos científicos tienden a orientarse hacia la presentación de resultados más que hacia el debate crítico. El espacio para la pregunta abierta se reduce frente a la presión por mostrar productos terminados.

El artículo advierte que esta orientación productivista puede debilitar la consolidación de comunidades académicas cohesionadas. Cuando el sistema premia la acumulación individual de méritos cuantificables, se incentiva la competencia más que la colaboración. La investigación deja de concebirse como construcción colectiva del saber y se transforma en estrategia de posicionamiento. El investigador se convierte en gestor de su propio rendimiento bibliométrico, y la universidad corre el riesgo de adoptar una lógica gerencial que privilegia resultados visibles sobre procesos formativos.

Sin embargo, la crítica no propone eliminar los indicadores ni desconocer su utilidad. Lo que se plantea es un reordenamiento conceptual: los indicadores deben ser consecuencia de procesos rigurosos y no su finalidad estratégica. Para que exista producción científica genuina, es imprescindible construir condiciones estructurales previas. La infraestructura, los laboratorios, las bibliotecas actualizadas, los espacios de discusión, la financiación estable y la formación metodológica sólida constituyen el ecosistema que hace posible la investigación de calidad. Sin estas condiciones, exigir resultados cuantificables puede generar simulación, frustración y prácticas éticamente problemáticas.

La dimensión formativa ocupa un lugar central en esta reflexión. La cultura investigativa no surge espontáneamente; requiere acompañamiento, mentoría, tiempo para la lectura crítica, entrenamiento en escritura académica y espacios de deliberación. Cuando los currículos reducen asignaturas vinculadas al pensamiento crítico y la metodología, mientras aumentan exigencias de productividad, se produce una contradicción estructural. No es viable exigir publicaciones de alto nivel sin invertir sostenidamente en capital humano investigativo.

La integración entre docencia e investigación también resulta fundamental. La universidad no puede fragmentar sus funciones sustantivas. Enseñar sin investigar conduce a la repetición acrítica de contenidos; investigar sin docencia puede aislar el conocimiento de su función social. Una cultura investigativa robusta implica que estudiantes, docentes y egresados participen en procesos de construcción de saber. Cuando la investigación se convierte en actividad reservada a élites productivas, se debilita su dimensión formativa y transformadora.

Otro aspecto relevante abordado en el artículo es la mercantilización de la publicación científica. Las tarifas de procesamiento de artículos, la dependencia de bases de datos con ánimo de lucro y la presión por publicar en revistas de alto impacto generan desigualdades entre instituciones. Universidades con mayores recursos pueden sostener el ritmo de publicación exigido por rankings internacionales, mientras otras enfrentan limitaciones presupuestales que afectan su capacidad de competir. Esta dinámica refuerza asimetrías globales y puede marginar conocimientos producidos desde contextos periféricos o con enfoques locales.

En este escenario, la obsesión por publicar puede derivar en distorsiones profundas. Se multiplican artículos que cumplen requisitos formales sin aportar innovación significativa. La investigación se evalúa por su posibilidad de ser publicada y no por su capacidad de explicar fenómenos complejos o proponer alternativas interpretativas. La ciencia corre el riesgo de convertirse en rutina técnica orientada al cumplimiento, perdiendo su carácter crítico y reflexivo.

La conclusión del artículo no es pesimista, sino propositiva. Se plantea la necesidad de redefinir políticas universitarias para fortalecer una cultura investigativa plural, situada y reflexiva. Esto implica revisar sistemas de evaluación, ampliar el reconocimiento de formatos diversos, promover espacios de debate sustantivo y reequilibrar la relación entre métricas y sentido. La ciencia requiere condiciones materiales, inversión sostenida, participación amplia y diálogo crítico. Solo en ese marco los indicadores pueden cumplir su función como herramientas y no como fines.

Repensar la cultura investigativa supone recuperar el valor del tiempo, la duda, el error y la conversación. La producción académica no puede reducirse a la acumulación de productos medibles. Investigar implica formular preguntas relevantes, tensionar supuestos, dialogar con tradiciones teóricas y vincular actores sociales en la construcción de conocimiento. La universidad necesita comunidades académicas activas que trabajen por convicción y no únicamente por cumplimiento.

El debate que abre este artículo trasciende la crítica coyuntural. Interpela directamente el modelo de universidad que se está consolidando. ¿Queremos instituciones que optimicen reportes y mejoren en rankings, o universidades que produzcan conocimiento con densidad epistemológica y capacidad transformadora? ¿Estamos formando investigadores capaces de cuestionar paradigmas o gestores de su propio índice h? ¿La visibilidad es un efecto natural de la pertinencia social o se ha convertido en un objetivo autónomo?

Estas preguntas no buscan negar la importancia de la evaluación ni desconocer la necesidad de rendición de cuentas. Buscan restituir el equilibrio. La medición es necesaria, pero no suficiente. La calidad no se agota en la forma técnica ni en la indexación. El impacto no puede reducirse a citaciones. Una cultura investigativa sólida emerge cuando la universidad invierte en condiciones estructurales, fomenta pluralidad metodológica y prioriza el debate crítico.

En última instancia, el artículo invita a recuperar el sentido profundo de la investigación universitaria. La ciencia no avanza mediante el silencio ni la repetición de formatos estandarizados, sino a través de tensiones conceptuales, controversias argumentadas y preguntas incómodas. Cuando la universidad logra articular docencia, investigación y extensión en un ecosistema coherente, los indicadores mejoran como efecto natural de procesos genuinos. Cuando, por el contrario, se prioriza la métrica sobre el pensamiento, la productividad puede aumentar mientras la relevancia disminuye.

La reflexión propuesta no pretende clausurar el debate sino ampliarlo. Si algo caracteriza a la cultura científica es precisamente la disposición a someter sus propias prácticas a examen crítico. Interrogar el lugar de los indicadores no significa rechazar la evaluación; significa preguntarse por su función y por sus límites. En un momento histórico donde la visibilidad digital y la competencia global reconfiguran la educación superior, repensar la cultura investigativa constituye una tarea urgente.

La pregunta final queda abierta y demanda discusión colectiva: ¿estamos midiendo la ciencia para fortalecerla, o estamos reemplazando la ciencia por aquello que resulta más fácil de medir?

🔗 Acceso al artículo completo en ResearchGate:
https://www.researchgate.net/publication/393725724_Cultura_investigativa_mas_alla_del_indicador_reflexiones_sobre_las_formas_y_los_propositos_de_la_investigacion_universitaria/references 

viernes, 12 de diciembre de 2025

Capacidades dinámicas en contextos vulnerables: cómo las MIPYMES de la Comuna 13 de Cali innovan y sobreviven en la informalidad

Cuando se habla de innovación, competitividad y éxito empresarial, la mayoría de los ejemplos suelen provenir de grandes empresas, economías desarrolladas y contextos altamente formalizados. Sin embargo, una pregunta clave suele quedar al margen del debate: ¿cómo sobreviven, se adaptan e innovan las pequeñas empresas que operan en territorios marcados por la informalidad, la escasez de recursos y la vulnerabilidad social? Precisamente a esta pregunta responde el artículo Determinants of dynamic capabilities in vulnerable contexts: An analysis of MSMEs in Cali’s Comuna 13, publicado en 2025 en la Revista de Administração Mackenzie.

El estudio se centra en la Comuna 13 de Cali, un sector urbano caracterizado por altos niveles de informalidad empresarial, limitaciones de acceso al crédito y profundas brechas sociales. Allí operan cientos de micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES) que, a pesar de las dificultades, sostienen la economía local y generan ingresos para muchas familias. El artículo analiza 108 de estas empresas para comprender cómo desarrollan lo que en administración se conoce como capacidades dinámicas: es decir, la habilidad para adaptarse a los cambios, aprender del entorno, reorganizarse e innovar para seguir funcionando.

Uno de los principales aportes del trabajo es que demuestra que las capacidades dinámicas no dependen únicamente del “talento emprendedor” o de la motivación individual. Por el contrario, están profundamente influenciadas por factores estructurales como la formalización del negocio, la experiencia del emprendedor, el acceso al financiamiento y la estabilidad de los ingresos. En contextos vulnerables, adaptarse no es una elección estratégica sofisticada, sino una necesidad cotidiana para sobrevivir.

El estudio construye un indicador de capacidades dinámicas adaptado a este tipo de territorios, evaluando cinco dimensiones clave: la capacidad de detectar oportunidades, el aprendizaje y la incorporación de nuevos conocimientos, la integración interna del negocio, la reconfiguración frente a cambios del entorno y la innovación. Al aplicar este indicador, los resultados muestran una realidad desigual: cerca de la mitad de las empresas presentan niveles bajos de capacidades dinámicas y solo una minoría alcanza niveles altos.

Un hallazgo especialmente interesante es que la innovación aparece como la capacidad más desarrollada, aunque con una característica muy particular. En la Comuna 13, innovar no significa crear tecnologías avanzadas ni desarrollar productos disruptivos, sino adaptar lo que ya existe a las necesidades del mercado local. Muchas empresas innovan copiando ideas que han visto funcionar en otros lugares y ajustándolas a su contexto inmediato. Esta innovación “imitativa” o adaptativa suele ser invisibilizada en los discursos empresariales tradicionales, pero en territorios vulnerables resulta clave para la supervivencia.

En contraste, las capacidades de organización interna y reconfiguración muestran mayores debilidades. Muchas de las empresas analizadas no llevan registros contables formales, no cuentan con procesos claros de coordinación y tienen dificultades para reorganizarse cuando cambian las condiciones del entorno. Esto limita su crecimiento y explica por qué muchas no logran sostenerse en el tiempo, incluso cuando muestran iniciativa e ideas innovadoras.

El análisis también revela que la experiencia del emprendedor juega un papel central. Los negocios liderados por personas con mayor trayectoria tienden a mostrar mejores niveles de adaptación y aprendizaje, no necesariamente porque tengan más formación académica, sino porque han acumulado conocimiento práctico a lo largo del tiempo. Asimismo, las barreras para acceder al crédito aparecen como uno de los principales factores que frenan el desarrollo de capacidades empresariales, ya que impiden invertir, mejorar procesos o enfrentar crisis.

Más allá de los números, el artículo propone una lectura muy clara: las capacidades dinámicas en contextos vulnerables no se parecen a las que describen los manuales clásicos de administración. Aquí, detectar oportunidades significa escuchar al cliente del barrio; aprender implica ensayo y error; reorganizarse suele ser una respuesta a la crisis más que un plan estratégico; e innovar es, muchas veces, una forma de adaptación rápida para no desaparecer.

Esta mirada resulta especialmente valiosa para quienes trabajan en emprendimiento, desarrollo regional, economía urbana, políticas públicas o gestión empresarial, ya que invita a repensar los modelos tradicionales desde realidades concretas. El estudio también deja un mensaje claro para los tomadores de decisiones: fomentar el emprendimiento sin mejorar las condiciones estructurales —como la formalización, el acceso al crédito y la formación— limita seriamente la posibilidad de que las empresas desarrollen capacidades reales para sostenerse en el tiempo.

El artículo está disponible en acceso abierto y puede leerse completo en la Revista de Administração Mackenzie. Para quienes quieran profundizar en cómo las pequeñas empresas innovan y se adaptan en contextos de informalidad urbana, el texto completo se encuentra en el siguiente enlace:

https://doi.org/10.1590/1678-6971/eRAMD250080


viernes, 1 de febrero de 2019

Turismo de masas, ¿intruso en la Ley Naranja?

Publicado originalmente por la Agencia de Noticias de la Universidad Nacional de Colombia. Puede consultar esa publicación en https://agenciadenoticias.unal.edu.co/detalle/article/turismo-de-masas-intruso-en-la-ley-naranja.html

 Por Fernando Hernández Parada 
 Palmira, 07 de diciembre de 2018
 
“En Semana Santa, habitantes de Popayán visten con trajes típicos, cargan monumentos y realizan procesiones. Sin embargo el mayor rédito económico no es aprovechado por los gestores de cultura que atraen a los turistas, sino por hoteles y empresas de transporte”, asegura José Londoño Cardozo, estudiante de Administración de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira. 

Según su estudio, debido a este tipo de dinámicas se debe precisar cuáles serían los actores del sector amparados por la Ley Naranja y bajo qué condiciones. De lo contrario, sostiene, el fomento del turismo como uno de los sectores que jalone el crecimiento de la economía colombiana, en el marco de la Ley, se puede traducir en ganancias para grandes operadores en vez de impulsar expresiones culturales de las comunidades y grupos de artistas. 

Para llegar a esta conclusión, el investigador hizo un análisis comparativo entre los conceptos precursores de la Ley Naranja y los planteamientos publicados antes alrededor de las industrias creativas. 

Puerta abierta a “micos”

“La Ley Naranja y el libro La economía naranja: Una oportunidad infinita, del presidente Iván Duque y Felipe Buitrago, abordan la promoción de 16 sectores, 15 de los cuales ya habían sido tratados en la literatura, principalmente de John Howkins. Así, el aporte que realizaron a la lista fue el turismo, pero en términos tan amplios que abren la puerta a “micos”, advierte el profesor Carlos Tello Castrillón, coordinador de la Maestría en Administración de la U.N. Sede Palmira.
 
Sectores de la Economía creativa definidos por John Howkins más el sector turismo propuesto por Buitrago y Duque.Tomado de Economía naranja o economía creativa. Una discusión conceptual respecto a la Ley 1834 de 2017.

A causa de esto, empresas no ligadas a la producción creativa o a la preservación del patrimonio cultural podrían recibir beneficios como exenciones del impuesto a la renta y líneas especiales de crédito, propuestas este año por el Gobierno nacional para emprendimientos de la economía naranja, advierte el docente.

“Es necesario hacer el seguimiento de hasta qué punto el turismo de masas entra dentro de industrias creativas. Si como operador lo único que estoy haciendo es proveer confort con las instalaciones o aprovechando, por ejemplo, la belleza de nuestras playas, no se evidencia un trasegar cultural allí, como lo define la literatura”, afirma.

Propuestas ya planteadas

En primer lugar, el estudio comprendió la revisión documental e interpretación hermenéutica de la Ley Naranja y del libro mencionado, con el objetivo de observar los orígenes de sus planteamientos y sus conexiones con otros estudios realizados en el campo.

A partir de este ejercicio se llegó a documentos como Creative Industries and Development, de la Unesco, referente para la formulación de políticas públicas de la Unión Europea en torno a las industrias creativas.

“Revisamos alrededor de 35 documentos sobre el tema, la mayoría publicados antes del libro del presidente Duque; a pesar de que encontramos una enorme coincidencia, en esta publicación se manejan solo algunas referencias, mas no citas. En este estudio concluimos que la mayor parte de los postulados ya habían sido planteados antes y con más precisión”, señala el investigador Londoño.

Dentro de las coincidencias no citadas se ubicaron las siete problemáticas de las industrias culturales y la Ley como estrategias para la promoción de las industrias creativas, que ya habían sido planteadas por Richard E. Caves.

Para entender a mayor profundidad la dirección en la que se encaminan los objetivos de la Ley Naranja, los investigadores revisaron material audiovisual de entrevistas, conferencias, discursos y debates del presidente Iván Duque, quien la propuso como senador.

“De allí surgen nuestras conclusiones sobre los riesgos de incluir el turismo de masas como un sector cobijado por la Ley Naranja. La sociedad y las organizaciones culturales deben hacer seguimiento al proceso de reglamentación de esta iniciativa, para que le dé prioridad a los grupos que desempeñan la producción creativa y la expresión de prácticas culturales autóctonas”, concluye el docente.

La investigación, presentada en el Encuentro Internacional de Investigadores en Administración, fue adelantada desde el Grupo de Estudios Neoinstitucionales, en cabeza de los estudiantes de pregrado Isabella Hernández y José Londoño Cardozo, además de la magíster en Administración Linda Paola Ospina, con el liderazgo del profesor Tello Castrillón.

lunes, 4 de mayo de 2015

¿Por qué nos reímos cuando nos hacen cosquillas? #DatoCurioso

Las cosquillas involucran las mismas fibras nerviosas que transmiten las señales del dolor.

Las partes del cuerpo más cosquillosas son puntos vulnerables, como el cuello, el abdomen o las axilas.

Las risas de alegría, de diversión y de cosquillas activan áreas del cerebro que controlan las reacciones faciales y vocales, pero sólo las cosquillas activan el hipotálamo, la región vinculada al dolor.


Es posible que el cosquilleo sea interpretado por el organismo como una amenaza y que la risa sea una señal social de sumisión para evitar salir lastimado o para desactivar una situación alarmante.

No podemos negar que en muchas situaciones puede también ser una terapia relajante, un juego de pareja divertido que dentro de ciertos cánones es practicado por millones de niños y adultos.

tomado de BBC Mundo ENLACE

martes, 14 de octubre de 2014

(Advertencia: es científicamente explícito) El sexo desde la resonancia magnética

Desde nuestra infancia y adolescencia nos han enseñado como es el funcionamiento del cuerpo humano el cual es perfecto, pero siempre nos recalcan el sistema reproductor en hombres y mujeres, cómo es la primera menarquia, la andropausia, la sexualidad, el embarazo, las enfermedades de transmisión sexual y mucho más. Pero esta es una oportunidad para mostrar el desarrollo de la tecnología y la perfección del cuerpo humano.


Podemos imaginar qué sucede dentro del cuerpo en una relación sexual para entender que después se da la concepción de la vida. Hoy, la tecnología nos permite ver más allá de lo que podemos imaginar o hace realidad lo que imaginamos, para este caso todo se da gracias a la Resonancia Magnética; para familiarizarnos más con el término nos guiaremos desde el concepto que nos proporciona MedlinePlus el cual es un servicio de la Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU. Es:


"Una resonancia magnética (RM) es un examen imagenológico que utiliza imanes y ondas de radio potentes
para crear imágenes del cuerpo. No se emplea radiación (rayos X).
Las imágenes por resonancia magnética solas se denominan cortes y se pueden
almacenar en una computadora o imprimir en una película."

Las imágenes de resonancia magnética, utilizadas hoy por la medicina, a diferencia de los rayos X, son inocuas porque permiten ver el interior del cuerpo por medio de la ubicación de la posición de las moléculas de agua, las que existen en diferentes densidades, según se explica en el próximo video.

La NMRI (Nuclear Magnetic Resonance Imaging) <<Representación de Resonancia Magnética Nuclear‍‍>> es la mejor forma de conseguir información sobre la estructura interna del cuerpo, sus alteraciones y patologías, la que es procesada por computadoras para ser analizada por los especialistas.


El cuerpo, el sexo y la vida en acción, impresionan; y la tecnología no se queda atrás para demostrárnosla, como expectativa han realizado una muy buena presentación ojala y no se dé el caso de morbosidad ante el cuerpo humano por el acto sexual, estos experimentos valen la pena compartirlos, además tiene un concepto muy agradable el de "asombro".


(Advertencia: es científicamente explícito)
 
Todo lo podemos resumir en el siguiente video que lo demuestra en un minuto con veinte y dos segundos…


La vida se ve muy diferente a través de una máquina de resonancia magnética




Fuente: Merca2.0