La Comuna 13 de Cali, ubicada en el distrito de Aguablanca, concentra una alta densidad de microempresas que cumplen un papel clave en la economía barrial. No obstante, estas unidades productivas enfrentan condiciones de vulnerabilidad social, informalidad, limitaciones educativas y restricciones financieras que condicionan profundamente su relación con la tecnología. El estudio, basado en encuestas aplicadas a 235 unidades económicas, permite dimensionar con datos concretos una realidad que suele quedar fuera de los grandes diagnósticos sobre innovación empresarial.
Uno de los hallazgos más contundentes es que el 59 % de las mipymes no utiliza tecnologías digitales en sus procesos. Esta cifra, lejos de interpretarse como resistencia al cambio, debe leerse en clave estructural. La investigación muestra que la mayoría de las empresas reconoce el valor de la tecnología: el 75 % la percibe como accesible y potencialmente beneficiosa. El problema no es la actitud, sino las condiciones para la adopción.
Las barreras identificadas son claras. Por un lado, la fragilidad financiera limita la inversión en herramientas digitales. Por otro, la escasa formación en competencias técnicas y digitales reduce la capacidad de apropiación tecnológica: apenas un 4 % del personal cuenta con formación universitaria. A esto se suma una gestión empresarial predominantemente informal, que dificulta la planeación estratégica y la integración de la tecnología como parte del modelo de negocio.
El artículo plantea un punto clave: la transformación digital no puede reducirse a la incorporación de herramientas, sino que implica cambios culturales, organizacionales y formativos. En contextos como la Comuna 13, digitalizar no significa “modernizar” en abstracto, sino crear capacidades, fortalecer el capital humano y construir condiciones mínimas de sostenibilidad empresarial.
Desde esta perspectiva, la investigación propone estrategias que trascienden la lógica individual de la empresa. Se destaca la necesidad de programas de formación en competencias digitales, incentivos fiscales para la adopción tecnológica, alianzas público-privadas y el acompañamiento institucional desde universidades, entidades territoriales y organizaciones de desarrollo empresarial. La transformación digital aparece así como un proceso colectivo, territorial y progresivo.
Más allá de los resultados empíricos, el mayor aporte del estudio es conceptual y político: plantea la digitalización como una herramienta de inclusión social y desarrollo local. En territorios vulnerables, cerrar la brecha digital no solo mejora la productividad, sino que fortalece la resiliencia organizacional, amplía oportunidades económicas y contribuye a reducir desigualdades históricas.
Este artículo es una invitación a mirar la transformación digital desde abajo, desde las realidades concretas de quienes sostienen la economía cotidiana. También interpela a la academia, al Estado y al sector productivo a repensar sus estrategias cuando hablan de innovación, competitividad y futuro.
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